viernes, 1 de marzo de 2013

El poder puesto al servicio del liderazgo


“El poder es la habilidad de obtener todo lo que se desea del entorno, considerando lo que está disponible” - H.B. Karp


¿Goza usted de una posición de poder? Si es así, ¿cómo maneja ese privilegio? ¿Ejerce el poder fascinación sobre usted? ¿Cómo se siente al percibir el poder que tiene para ejercer influencia o control sobre otras personas? ¿El poder que detenta le ha sido otorgado desde afuera o emana de su vida interior? Normalmente, ¿cómo se siente: poderoso o desempoderado? ¿Su estilo de ejercer el poder contribuye a la obtención de los resultados y metas esperados por usted y su organización? Las respuestas a estas preguntas pueden traer revelaciones importantes acerca de cómo usted maneja el poder.

Una de las motivaciones más fuertes del ser humano es la búsqueda del poder. Esta búsqueda está relacionada con el deseo y/o necesidad de controlar o transformar el entorno y las circunstancias que le rodean. Muchas personas se sienten cautivados por el poder, sobre todo aquellas que han estado privadas de él. Las personas, organizaciones y naciones luchan por el poder, porque se sienten atraídos por el prestigio, riqueza, estatus, dominio, control y reconocimiento que parecen derivar de él. A lo largo de la historia de la humanidad, lograr poder ha venido a significar sinónimo de éxito. El acumular y ejercer poder ha venido a ser sinónimo de liderazgo.

¿Qué entiende normalmente la gente por poder?

Muchas personas asocian el poder con la posición o con la capacidad de controlar recursos o personas. Otros lo asocian con la capacidad de dominar a otros. Algunos asocian el poder con ambición desmedida, y piensan que el poder corrompe por ser intrínsecamente malo. Hay quienes lo definen como lo opuesto a la humildad. Algunos hablan de poder bueno y de poder malo. Mientras que existen quienes creen que es necesario como fundamento de cualquier forma de gobierno y liderazgo. Pero más allá de las consideraciones morales o filosóficas sobre el poder, éste no es ni bueno ni malo, ni positivo ni negativo por sí mismo. El poder es neutro. El cómo las personas lo usan es lo que establece la diferencia.

El poder puede ser constructivo o destructivo, según cómo se emplee y para los fines que se use; por eso el uso del poder conlleva una gran responsabilidad. El poder puede ser usado con sensibilidad y respeto por los demás, como un instrumento para la contribución, el servicio y el logro de fines compartidos, o para fines ególatras y utilitarios. En esto radica el ejercicio ético del poder.

¿Qué es el poder?

Warren Bennis define el poder como “la energía básica necesaria para iniciar y continuar una acción… la capacidad para traducir intención en realidad y continuarla”. Así mismo Manuel Barroso dice que el poder “es energía que se mueve hacia objetivos definidos”. Esta definición de poder está alejada de los estereotipos que definen el poder en función de la posición e investidura legal, para definirlo con una competencia personal. Como la capacidad para movilizar la energía propia hacia objetivos y visiones personales y organizacionales. Esta habilidad no puede faltar en el ejercicio del poder.

Necesidad de contextualizar el ejercicio del poder

Muchos líderes y gerentes ven el poder como un recurso que la organización les confiere a través de la investidura del puesto, para controlar, imponer sus ideas, ejercer la “autoridad de la posición” para hacer cumplir los requerimientos de la organización. Esta noción del ejercicio del poder ha perdido vigencia y efectividad. Los trabajadores del siglo veintiuno no son la misma clase trabajadora del siglo pasado; el trabajador de hoy en día es más educado y formado, más deseoso de participar en la toma de decisiones. La gente de hoy no se conforma con “recibir y cumplir órdenes”.

El poder y su relación con el liderazgo

Por otra parte, el poder ejercido sin liderazgo deviene en coerción, manipulación y autoritarismo; pero el poder puesto al servicio del liderazgo es transformador. El poder sin el liderazgo como vehículo de expresión, carece de influencia real y duradera; logra adhesión, pero por miedo, sin convicción y compromiso. Podemos argumentar, como lo dice W. Bennis: “El liderazgo es el recto uso del poder”. Sir Gordon Brunton a su vez define el liderazgo como “el uso inteligente y sensible del poder”.


El ejercicio del poder que genera liderazgo no es el que viene por la investidura del puesto, sino por el modelaje, el desarrollo de competencias comunicacionales asertivas, la habilidad para la resolución de conflictos y la negociación, y el enfoque y la acción dirigida al logro de los objetivos organizacionales, sin perder de vista la necesidades de las personas. Este ejercicio desarrolla poder personal. El poder personal no es un asunto de posición o jerarquía, como tampoco lo es el liderazgo. En tal sentido comenta John Adair: ”Su posición no le da el derecho a mandar; sólo le impone el deber de vivir en tal forma que los demás puedan recibir sus órdenes sin sentirse humillados”. El poder ejercido desde la investidura legal, desde la jerarquía organizacional, desde la posición, pero carente de las competencias personales y profesionales para el liderazgo, degenera indefectiblemente en el ejercicio abusivo y manipulador del poder.

Si las habilidades comunicacionales del líder son limitadas, si su capacidad para envisionar un futuro mejor es miope, si sus competencias para el trato interpersonal son deficientes, si su resolución para permanecer fiel a unos valores bien metabolizados y arraigados no es firme; entonces, cuando vengan los momentos de crisis, se sentirá presionado a recurrir a la fuerza, a la manipulación, a la coerción y al control para conseguir los resultados planteados; en vez del dialogo, la participación, el trabajo en equipo y la conciliación de intereses.

Aprender a usar el poder para liderar, vale decir, generar influencia para conseguir resultados con base a objetivos compartidos, requiere aprender a usar la capacidad de movilizar la energía propia hacia esos objetivos compartidos definidos, con el fin de transformar el entorno, lo cual demanda el desarrollo de destrezas y habilidades para el liderazgo. El desarrollo de la capacidad para liderar, provee a la persona de la estructura, el sentido y la orientación para que exprese su poder hacia el logro de los resultados propuestos. Ahora, desarrollar liderazgo como vehículo de expresión del poder personal, es un proceso. Crecer en liderazgo implica un proceso de crecimiento personal, que se relaciona con la formación y el desarrollo del carácter, que se forja desde adentro hacia fuera, desde la claridad de los procesos personales del líder, desde la conciencia de su interioridad.

Hay personas que expresan el poder en forma coercitiva, para controlar, manipular, avasallar y obtener la obediencia de los demás. El poder expresado de esta forma utiliza el temor como instrumento. El poder funcionando de esta forma es un camuflaje para las carencias y necesidades insatisfechas; una tragedia y una senda peligrosa, que destruye la moral de las organizaciones, aniquila el buen clima organizacional, siembra la improductividad en el trabajo y llena a la organización de gente resentida. Pero el liderazgo no es una técnica de manipulación o metodología para mejorar el desempeño. El poder ejercido de esta manera: con manipulación, coerción y engaño, sin el desarrollo de la capacidad para el liderazgo, no reconoce los límites del otro; está viciado, y está desconectado del contacto con la gente y sus necesidades (foco de atención del verdadero líder). El liderazgo, por el contrario, supone la capacidad de ejercer el poder con respeto por lo demás, con responsabilidad, en el marco de unos valores y principios arraigados y comprometidos. El líder es aquel que enfoca su poder al servicio de una causa superior, que es movilizado por un propósito que está más allá de sus metas y necesidades personales.

El poder ejercido utilizando el liderazgo como vehículo de expresión se expresa bajo la filosofía de servicio, concediendo honor y respeto al otro. Este es el poder que apela a los valores y convicciones de los demás. Este poder conduce a una influencia duradera; y sus resultados son la sinergia y la interdependencia; el fomento del autocontrol, la autonomía y el trabajo en equipo.

La pregunta que los líderes necesitan hacerse hoy es ¿de dónde proviene la energía (el poder) para obtener lo que desea del ambiente: de afuera o de adentro de él? El poder puede provenir de afuera, de la investidura legal, de la jerarquía organizacional, de la posición. Cuando el poder se ejerce en dependencia o como expresión exclusiva de la jerarquía, el poder está alienado, divorciado de la conciencia de la vida interior. Por el contrario, cuando la fuente del poder, proviene de la vida interior del individuo, este es un poder expresado desde adentro hacia fuera, pleno de presencia o vida interior. Esa es la diferencia entre los líderes cuyo poder se expresa, al estilo maquiavélico, como una perversión del verdadero liderazgo, y los líderes con poder por presencia, vale decir, líderes que expresan su energía libre y plenamente, con autenticidad, con creatividad, con visión y con sentido de responsabilidad. Acertadamente lo expresa Manuel Barroso: “Sin vida interior el poder es un arma mortal”.

Liderazgo y poder se implican recíprocamente. Liderazgo y poder están intrínsecamente relacionados. Uno no puede existir sin el otro. El poder es el fundamento de cualquier forma de liderazgo. Sin poder no hay liderazgo, pero el ejercicio del liderazgo que tienen como base un poder alienado, es peligroso y destructivo; es la negación del liderazgo.

Podemos decir que el liderazgo es el canal a través del cual el poder mejor se expresa. Cuando el poder se expresa consciente del impacto que éste es capaz de producir en otros, con verdadera delimitación de los derechos y necesidades propias y de los demás; cuando el poder se expresa con clara conciencia de su uso, como consecuencia de tener claridad de la propias necesidades y las de los otros, y de estar orientado a la satisfacción de éstas, el poder, entonces, fluye como expresión libre, plena y auténtica de la vida interior del líder, sin fachadas, ni estereotipos, ni pretensiones ególatras y mezquinas, ni necesidad de demostrar dominio o someter a otros, ni de ejercer control a ultranza. El poder, entonces, es energía – combustible – para el liderazgo transformador.

Cuando el poder se expresa también con genuino compromiso, con sensibilidad y empatía, con profundo respeto y honra hacia los demás, el uso del poder conlleva a ganar liderazgo y generar influencia que redunda en el logro de objetivos compartidos. El poder, entonces, fluye como energía creativa que moviliza, con enfoque y congruencia, todos los recursos internos (talentos, habilidades, experiencias, emociones, conocimientos, etc.) para el logro de objetivos comunes. El liderazgo se convierte de esta manera en un vehículo para la contribución, el servicio, la acción transformadora, el canal para el aporte a la satisfacción de las necesidades de los demás y el cumplimiento de los objetivos organizacionales. El liderazgo visto así, se define como el uso ético y responsable del poder, que se ejerce con integridad, con respecto al otro y convicción a los propios valores asumidos como principios de vida. El liderazgo, entonces, como lo expresa Warren Bennis, “es el recto uso del poder”.
El esquema del mandamás no basta para lograr que los trabajadores desarrollen compromiso, lealtad e identificación con el trabajo y la organización. El esquema del tradicional líder / gerente burócrata tampoco funciona. Hoy el líder necesita desarrollar la capacidad para expresar y canalizar eficazmente su poder a través del ejercicio del liderazgo, lo cual implica la capacidad de facilitar y coadyuvar el proceso de empoderamiento de la organización, a través del desarrollo de un liderazgo compartido, que promueva la participación de otros actores de la misma en la toma de decisiones y la resolución de problemas; y que propicie el fortalecimiento de una cultura que estimule y promueva valores como la participación constructiva, la conciliación de intereses comunes y la orientación a los resultados; y donde la ética, la congruencia, el respeto al otro, la responsabilidad, la contribución y el servicio sean modelados, reconocidos y recompensados.

Fuente: Degerencia

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