jueves, 18 de noviembre de 2010

¿Jefe? Ni ser ni parecer


 Una de las herencias del pensamiento administrativo antiguo y, aunque verdaderamente obsoleta, aún es generalmente aceptada y prácticamente está grabada en los genes de cada ser humano es la ferviente creencia no sólo de querer ser “jefe”, sino de distinguir la diferencia entre quien realmente lo es y quien simplemente lo parece o lo desea ser.

La idea de la jefatura se asocia erradamente a la acción de liderar. Incluso en algunos ambientes académicos y organizacionales se le coloca como un eslabón que precede a la actividad gerencial y se sostiene que se logra una vez que se ha aprendido a supervisar eficazmente.

En ese esquema tradicional del pensamiento administrativo, ser jefe tiene características particulares que lo definen de manera inequívoca. Si las mismas no están presentes, la pérdida de la imagen como jefe es inmediata, y con ella el respeto y el compromiso que se asocian a la posición. Son tantas las referencias que se pueden encontrar en libros, revistas, artículos y páginas web, que resultaría redundante nombrarlas aquí. Sin embargo, valdría la pena señalar que se presume que la actitud y el profesionalismo deben estar íntimamente asociados para que un jefe realmente lo sea.

Para otros, ser jefe es sinónimo de ventajas y beneficios: puestos de estacionamientos, bonos, mayor salario, oficinas de mayor espacio, y otros tantos artilugios, también heredados para producir un efecto psicológico que le haga entender a quien ostenta ese nivel de responsabilidad que ha dejado de ser parte del montón y por lo tanto merece un nuevo estatus en la compañía y, para quienes no lo son, es un mensaje silente que establece la frontera entre un cargo básico y otro de mayor nivel.

Simplemente absurdo y anacrónico.

En primer lugar, tales expresiones administrativas, esas que pretenden motivar a sus empleados a luchar por lograr los beneficios de un cargo de jefatura a través de tales diferenciaciones, lo que realmente logran generar, en la mayoría de los casos, son sentimientos de frustración, desinterés e indiferencia o, en el peor de los casos, un resentimiento tal que impulsa, a quienes se atreven, a realizar cualquier cosa posible, buena o no, por obtener tales ventajas sin importar el costo que ello signifique.

Las personas quieren ser jefes porque ello se traduce en mayores ingresos, poder de decisión y reconocimiento social. Por ejemplo, no es lo mismo ser un Analista de Finanzas que ser el Jefe de Finanzas, aunque en la práctica la diferencia salarial no sea tan evidente.

Las personas quieren ser jefes porque las empresas aún se estructuran piramidalmente (digan lo que digan) y saben que sólo así están más cerca del poder, y lo que ello significa.

Pero resulta que ese pensamiento, por demás obsoleto, es justamente lo que ha mantenido a las empresas estancadas en un círculo constante de motivación y desmotivación, satisfacción e insatisfacción, que reduce los esfuerzos por generar un equilibrio en un verdadero gasto y no en una inversión.

La tendencia es clara: no se necesita que usted sea o parezca ser jefe, gerente o director… simplemente no se requiere tal cosa. Lo que realmente importa es el valor que le imprima a la empresa desde su nivel de conocimiento, que posee en beneficio tanto de ella como de usted mismo.

Solo las personas sin sueños y sin expectativas requieren a alguien que las dirija. El resto sabe que solo a través de la sinergia puede lograr lo que se ha propuesto, agregando valor a su vida y al colectivo.

Los responsables de las empresas del siglo 21 no deberían preocuparse por generar en sus colaboradores la diferencia que existe entre ser un verdadero jefe o parecer uno. De hecho, no deberían siquiera reforzar la idea de la jefatura, y solo deberían usarla como ejemplo de una práctica antigua que sirvió en los tiempos en que la gente no era más que un recurso para la empresa, y no la empresa misma, como se entiende ahora.

Por lo tanto, despreocúpese, usted no tiene que ser ni parecer jefe, eso no es lo importante; en lo que debe enfocarse es en el desarrollo de las competencias, tanto propias como de sus colaboradores, que le permitirán conectarse con la gente que posee expectativas similares a la suya y, al hacerlo, procurar el ejercicio de un liderazgo circunstancial, donde el éxito colectivo y personal será una consecuencia inevitable.

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